He estado ausente de casa unas semanas. El día que volví todo estaba en su sitio, ordenado y pulido, como siempre. Pero me fijé en las tres begonias que habíamos plantado junto a la puerta de la calle de apenas unos dedos de altura y sin una flor. ¡Oh sorpresa! Ya medían casi un palmo y estaban florecidas a raudales. Algo había pasado… Algo parecido, y más aún, había sucedido en la azotea. Las tres margaritas de la ventana de la cocina estaban estallando de flores blancas y lilas. Cuando me fui sólo eran tres puñados de brotes que empezaban a asomarse por la orilla de la torreta. Más allá, debajo de la ventana, los dos rosales, quietos y rígidos durante el invierno con las espinas amenazadoras bien visibles, ahora reventaban de brotes nuevos, promesa de rosas ufanas y fragantes. La buganvilla se había arraigado fuertemente, lista para resistir los vientos. Los geranios, en la barandilla, se habían elevado unos cuatro dedos más hacia el cielo, mirando de cara el sol fuerte que cada día los intimida y los alimenta, a la vez.

Es la maravilla de la naturaleza que crece, fecunda, enjoya nuestra vida. Podemos estar pendientes y abrazarla agradecidos, o prescindir de ellas como si pudiéramos vivir sin ella. Al igual que los eventos ordinarios o decisivos de la historia humana. Cada uno de nosotros somos naturaleza, es decir, obra de Dios. También somos una minúscula parte de la historia. Nuestra pequeña realidad se sostiene en el Creador y en su abundante fecundidad, tanto si nos damos cuenta y lo agradecemos, como si lo tenemos olvidado. Por su Amor somos: es de justicia que se lo agradecemos y lo alabamos por su bondad. La naturaleza es suya y nos la ha confiado para que todo el mundo pueda vivir con suficiencia. Justicia y alabanza van juntas. La fraternidad en acción toma su fuerza en la oración filial. Sin ésta, la solidaridad puede decaer y convertirse en un sentimiento ocasional, en una generosidad inconstante.

El regreso a casa, después del tiempo pasado fuera, me ha hecho pensar que todo va siguiendo aunque yo no esté; que la historia hace su curso sin mi participación; que la madre tierra va aportando su necesaria contribución a la historia aunque yo y tú y todos no prestamos atención.

Somos humanos e hijos de Dios. Doble motivación para agradecer, participar, trabajar por el respeto a las leyes de la naturaleza que hacen posible nuestra vida, ahora y en el futuro. Por aportar nuestro compromiso activo por la armonía y la paz. El Dios, Padre y Creador del cielo y de la tierra, de todas las cosas, visibles e invisibles, lo espera de nosotros.

Josep Bofarull, pbro.
Artículo publicado en el Full dominical del 7 de mayo de 2023 (n. 3817)