Catedral de Tarragona, 15 d’agost de 2026

 «Dichosa tú, que has creído» (Lc 1,45).

Muy apreciada Hna. Priscila, Madre General. Muy apreciadas Hnas. de la Congregación de las Misioneras Claretianas. Muy apreciados sacerdotes. Diácono. Muy apreciado Pueblo Santo de Dios.

Hoy estamos de verdadera celebración. Pero, ante todo, conviene destacar el profundo significado del lugar donde hoy nos reunimos. No celebramos únicamente un aniversario histórico. Celebramos una gracia de Dios que continúa dando fruto. Hace ciento setenta y cinco años, en esta misma Catedral, en la capilla del Claustro, María Antonia París y sus primeras compañeras discernieron, con la ayuda de san Antonio María Claret, que se encontraba ya de arzobispo en Santiago de Cuba, una decisión que cambiaría sus vidas y que acabaría llevando el Evangelio hasta Cuba. Aquel «sí» humilde y valiente sigue resonando hoy en la Iglesia. Y es providencial que esta conmemoración coincida con la solemnidad de la Asunción de la Virgen María, porque María es el gran icono de toda vocación misionera.

Queridos hermanos y hermanas.

Hoy el Señor nos concede una doble alegría. Celebramos la solemnidad de la Asunción de la Virgen María y, al mismo tiempo, conmemoramos el ciento setenta y cinco aniversario de una decisión que forma parte de la historia espiritual de nuestra Iglesia tarraconense. En esta Catedral, muy cerca de donde ahora nos encontramos, en la Capilla de la Virgen del Claustro, María Antonia París y sus compañeras, respondieron a una llamada de Dios que las conduciría hasta Cuba para anunciar allí a Jesucristo y servir a la Iglesia.

Aquel día nadie podía imaginar el alcance de aquella decisión. Exteriormente era una escena sencilla: unas mujeres, un obispo misionero que estaba dispuesto a acogerlas, una oración, un discernimiento, un sí. Pero Dios acostumbra a escribir su historia con gestos pequeños. El Reino de Dios nace casi siempre así: en el silencio de un corazón que escucha, en una oración sincera, en una disponibilidad sin cálculos.

Eso es precisamente lo que hoy nos revela la fiesta de la Asunción.

El Evangelio nos presenta a María que, después de recibir el anuncio del ángel, no se queda contemplando el don recibido, sino que «se puso en camino y fue aprisa a la montaña». La fe auténtica siempre se pone en camino. Quien ha acogido a Cristo no puede permanecer inmóvil. El amor recibido se transforma en servicio.

María es misionera antes que los apóstoles. Lleva a Jesús sin discursos, sin privilegios, sin poder. Lo lleva en su seno y lo comunica con su sola presencia. Por eso Isabel exclama: «¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?».

La Iglesia no evangeliza principalmente porque tenga estructuras, ni porque disponga de recursos, ni siquiera porque tenga grandes proyectos pastorales. Evangeliza porque lleva a Cristo. Cuando Cristo está verdaderamente en el centro, su presencia transforma los corazones.

María Antonia París comprendió profundamente esta verdad. Su gran deseo no era fundar una institución ni construir una obra humana. Su único deseo era la renovación de la Iglesia para que fuera cada vez más fiel a Jesucristo. En esto coincide plenamente con san Antonio María Claret. Ambos comprendieron que toda reforma eclesial comienza siempre por la conversión del corazón.

Es una lección muy actual.

Vivimos en una sociedad que experimenta cambios profundos. También la Iglesia vive momentos de transformación, de preguntas e incluso de incertidumbre. Podríamos pensar que la respuesta consiste únicamente en buscar nuevas estrategias. Pero la liturgia de hoy nos recuerda que la primera respuesta es otra: dejar que Cristo habite plenamente en nuestra vida.

San Pablo lo proclama con fuerza en la segunda lectura: «Cristo ha resucitado de entre los muertos, primicia de los que han muerto». Nuestra esperanza no se fundamenta en nuestras fuerzas. Se fundamenta en la victoria de Cristo. María Asunta es el signo de que esa victoria ha comenzado ya a manifestarse en una criatura humana. Ella es lo que toda la Iglesia está llamada a ser.

Por eso la Asunción no es una fiesta alejada de los problemas del mundo. Es una fiesta de inmensa esperanza. El destino de la humanidad no es la muerte, sino la comunión eterna con Dios.

Esta esperanza sostuvo también a los misioneros. Cuando María Antonia París y sus hermanas decidieron emprender el viaje hacia Cuba, no sabían lo que allí encontrarían. El viaje era largo y estaba lleno de riesgos. Dejaban su tierra, su familia, su seguridad. Pero habían descubierto que quien lo deja todo por Cristo no pierde nada; lo recibe todo transfigurado por el amor.

La historia de la santidad es siempre una historia de desposesión. Dios pide el corazón entero porque sólo así puede llenarlo completamente.

El Magníficat que acabamos de escuchar es el canto de esa libertad interior. María canta porque sabe que Dios es el protagonista de la historia. Ella no canta sus propios méritos; canta las maravillas que el Señor ha realizado en ella.

Éste es también el secreto de los santos. Los santos no son personas extraordinarias porque hayan hecho cosas imposibles. Son personas que han dejado actuar a Dios sin ponerle obstáculos.

Quizá hoy el Señor no nos pida atravesar un océano. Pero sí nos pide atravesar muchas otras distancias: la indiferencia religiosa, la soledad de los ancianos, el desencanto de los jóvenes, las fracturas de las familias, la pobreza material y espiritual, la falta de esperanza que afecta a tantas personas.

Todo bautizado es enviado.
No hay discípulos sin misión.
No hay Iglesia sin salida.
No hay santidad sin disponibilidad.

Este aniversario es, por tanto, mucho más que un recuerdo. Es una pregunta que el Señor dirige hoy a cada uno de nosotros, y a cada una de vosotras: ¿cuál es tu «Cuba»? ¿A dónde te envía hoy el Señor? ¿A qué persona debes llevar su consuelo? ¿En qué ambiente has de hacer presente el Evangelio? ¿Qué miedo te impide todavía pronunciar un «sí» generoso?

Quizá lo más importante de aquel día de 1851 no fue el destino geográfico del viaje. Lo más importante fue la disponibilidad del corazón. Cuba comenzó aquí, en esta Catedral, mucho antes de comenzar en el puerto. Comenzó en una oración. Comenzó en una decisión tomada ante Dios.

También toda misión auténtica comienza siempre ante el sagrario.

Queridos hermanos y hermanas:

María Asunta sigue caminando con la Iglesia. Ella es la Madre que acompaña a los discípulos en su peregrinación. Ella nos enseña a escuchar la Palabra, a guardarla en el corazón y a ponernos inmediatamente en camino.

Pidamos hoy, especialmente por la Congregación fundada por la venerable María Antonia París, para que continúe siendo signo profético de una Iglesia evangelizadora, fiel a Cristo y cercana a los más necesitados. Demos gracias por los abundantes frutos que aquel «sí», pronunciado hace ciento setenta y cinco años, ha dado en todo el mundo.

Y pidamos también por nuestra Archidiócesis de Tarragona. Que esta Catedral, madre de todas las iglesias de la Iglesia tarraconense, continúe siendo un lugar donde nazcan vocaciones, donde se disciernan las grandes decisiones de la vida cristiana y desde donde salgan hombres y mujeres capaces de anunciar a Jesucristo con humildad, alegría y esperanza.

Que la Virgen María Asunta, patrona de tantas de nuestras comunidades, nos enseñe a cantar cada día el Magníficat con la vida. Y que, como María Antonia París, sepamos responder sin reservas a la voz del Señor, convencidos de que sólo quien se pone completamente en sus manos puede llegar a ser instrumento de sus maravillas.

Amén.

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