5 de juliol de 2026
Querido pueblo santo de Dios. Queridos hermanos y hermanas en el Señor. Miembros de las Hospitalidades y de los grupos de Nuestra Señora de Lourdes que participáis en esta Eucaristía internacional. Hermanos obispos, presbíteros y diáconos. Religiosos y religiosas. Peregrinos, enfermos, voluntarios y acompañantes. Feliz día del Señor. Buona domenica. Un bon diumenge, dia del Senyor. Bonne fête du Seigneur. Bon dimanche.
Nos encontramos en Lourdes compartiendo la fe, la esperanza y la caridad. Compartimos también la amistad, nuestras alegrías y preocupaciones, nuestros sueños y nuestras fragilidades. Compartimos, en definitiva, la vida y la misión que el Señor ha confiado a cada uno de nosotros.
Pidamos desde el comienzo de esta eucaristía que, por intercesión de la Virgen María, el Señor fortalezca nuestra fe, ensanche nuestro corazón y nos haga más sensibles a las necesidades de nuestro mundo. Que nos ayude especialmente a acercarnos a quienes cargan sobre sus hombros el peso del sufrimiento, de la enfermedad, de la soledad o de cualquier forma de dolor. En ellos descubrimos una llamada urgente a la acogida, al acompañamiento y a la cercanía. Y la Iglesia está llamada a hacerse presente precisamente allí donde la vulnerabilidad se hace más evidente.
Hace apenas unas semanas, durante su visita a Barcelona, el querido papa León XIV, nos dirigía unas palabras que merecen ser meditadas con profundidad y que hoy comparto con todos vosotros. Nos decía que «hay momentos de oscuridad y de sufrimiento que nuestra sociedad hace callar, porque precisamente algunos modelos culturales nos quieren siempre vencedores y perfectos y, por eso, el límite, la fragilidad y el dolor deben ser eliminados, o confinados al silencio ensordecedor de la soledad o incluso de la vergüenza». «Y, en estos momentos, podemos pensar instintivamente que también Dios nos haya abandonado. Pero la cruz de Jesús nos dice que Dios no nos abandona, que Él sigue crucificado con nosotros en el momento del dolor y de la soledad extrema, que Él recoge no sólo nuestras lágrimas, sino el grito de nuestro sufrimiento que otros no escuchan, un grito que Jesús hizo suyo en la cruz, diciendo “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”» (Vigilia de Oración en Barcelona).
Hermanos y hermanas, por ello también nosotros debemos atrevernos a permanecer al pie de la cruz, como María. Debemos aprender a mirar el dolor sin apartar la vista, a acompañar sin juzgar y a sostener con esperanza a quienes atraviesan momentos difíciles. Las palabras del sucesor de Pedro son hoy una invitación dirigida a todos nosotros.
Si nous portons maintenant notre attention sur la Parole de Dieu que nous venons d’entendre, nous découvrirons un thème central qui traverse toutes les lectures: l’humilité et la simplicité de coeur, une attitude qui nous conduit à notre véritable place devant Dieu, les besoins de nos frères et sœurs.
Après l’exil babylonien, le peuple d’Israël attendait un souverain capable de le guider sur les chemins de la justice, de la paix et de la réconciliation. Le prophète Zacharie annonce précisément la venue de ce roi plein d’humilité et de simplicité de coeur, un roi qui ne vient pas imposer son pouvoir, mais monté sur un âne, symbole de douceur et d’accessibilité. Un roi qui apportera la paix tant attendue.
Sabem bé que aquesta profecia troba el seu ple acompliment en Jesucrist. Ell entra a Jerusalem d’aquesta mateixa manera, i es presenta com el Messies esperat. Però ho fa revelant-se especialment als petits, als senzills, a aquells que saben obrir el cor a Déu. L’Evangeli que hem escoltat desenvolupa aquest mateix ensenyament. Jesús beneeix el Pare perquè ha revelat els seus misteris als senzills i no als qui es creuen autosuficients. I després dirigeix una invitació plena de tendresa: «Veniu a mi tots els qui esteu cansats i afeixugats, i jo us alleujaré.» Ofereix un camí nou, perquè «el seu jou és suau i la càrrega lleugera».
Pero cabe preguntarnos: ¿quiénes son realmente esos sencillos a los que Jesús dirige su mirada predilecta? ¿Somos nosotros personas sencillas? ¿Basta con tener pocos bienes materiales, ser tolerantes o considerarnos buenas personas?
Tutto ciò può essere d’aiuto, ma la semplicità evangelica è molto più profonda. È un atteggiamento interiore. È un modo di porsi davanti a Dio e alla vita. È una scelta coltivata giorno dopo giorno. La semplicità non è improvvisata. È uno stile di vita che riconosce il proprio bisogno di Dio e impara a confidare in Lui. Ecco perché Dio si manifesta in modo speciale tra i poveri, i deboli e i bisognosi. Perché lì trova cuori aperti, persone consapevoli di non essere autosufficienti. E a queste persone veramente semplici, a questi veri discepoli, Gesù offre riposo, sollievo in mezzo alla stanchezza e alle difficoltà di ogni giorno. Perché seguire Cristo non significa portare un fardello insopportabile. Al contrario. Il suo giogo è dolce perché scaturisce dall’amore. Non è un’imposizione, ma una relazione viva e personale con Lui.
Por ello, San Agustín, comentando el Evangelio de hoy, nos dice: «Cualquier otra carga te oprime y te deja abrumado, pero la carga de Cristo te alivia el peso. Cualquier otra carga tiene peso, pero la de Cristo tiene alas. Si a un pájaro le quitas las alas, parece que le ahorres un peso, pero cuanto más le quitas el peso, mucho más lo dejas atado al suelo. Ves en el suelo a aquel que le quisiste ahorrar un peso; devuélvele el peso de sus alas y verás cómo vuela» (Sermo 126).
Queridos hermanos y hermanas que participáis en esta Eucaristía internacional: que los compromisos que asumís en vuestras Hospitalidades, que el servicio a los enfermos, que la entrega generosa de cada día y que la fidelidad a vuestra vocación cristiana se convierta en ese yugo suave y en esa carga ligera que nos impulsa a continuar adelante con alegría.
Queridos peregrinos, cuántas veces hemos visto —y hemos sido— peregrinos que llegan a Lourdes agobiados y marchan con serenidad. ¿Cuántas veces, aun llevando el mismo sufrimiento, no descubrimos una fuerza nueva para vivirlo? ¿Cuántas veces no hemos llegado aquí con el corazón herido y nos vamos reconciliados con Dios y con nosotros mismos?
Que la Virgen María, Nuestra Señora de Lourdes, que acogió con total confianza la voluntad de Dios y llevó con amor el yugo suave de su Hijo Jesucristo, nos acompañe, nos anime e interceda por todos nosotros para que hagamos realidad este propósito en nuestra vida.
Amén.







