Estos días de Cuaresma son unos días santos. En la Regla de san Benito se nos invita a borrar las negligencias de otros tiempos (Regla de san Benito XLIX,3). Este tiempo es el tiempo de gracia que se nos ofrece para devolver a Dios.

Cuaresma es el tiempo para escuchar la Palabra de Dios, para que nos llegue al oído del corazón. Es el tiempo para abstenerse de las cosas superfluas que a veces invaden nuestra vida. Es necesario en este tiempo ir a la esencia de nuestra fe.

Cuaresma es el tiempo de poner en práctica el ayuno, la limosna y la oración continua, porque es el tiempo favorable para la conversión de nuestro corazón, de mejor manera, un cambio radical para convertirse en mejores personas.

Todo lo que sembramos por Cuaresma lo recogeremos por Pascua. Por eso es importante darnos cuenta del tiempo privilegiado de la Cuaresma. Son nuestros días que vamos caminando hacia Pascua.

Pascua es la meta, la meta es el cielo, pero ahora es el tiempo de ir haciendo el camino, es el tiempo de ir repasando la red de nuestra vida. Porque debemos conformarnos a Cristo. Él es nuestro modelo y por eso en este tiempo debemos irnos configurando en la vida que Jesucristo vivió entre los suyos: una vida hasta el extremo, una vida totalmente abandonada a la voluntad de Dios.

Ahora nosotros debemos preguntarnos si nuestra vida se parece a la de Jesús o no. Porque la vida de Jesús estaba completamente abocada a hacer la voluntad del Padre.

Nosotros somos muy libres de elegir un camino de conversión abocado a Dios, o bien un camino resbaladizo que te separa de Dios. Por eso este tiempo propicio, en el que podemos encontrarnos con tentaciones como Jesús, somos invitados a superar las tentaciones desde el abandono, la humildad y el amor.

El abandono total de nuestra persona en manos de Dios es vivir la fe completamente abierta a la novedad, a la voluntad de Dios sobre nosotros, de modo que nos dejemos llevar por el Espíritu Santo.

La humildad nos hará más conscientes de la pequeñez de nuestra persona en medio de las vicisitudes del mundo. Es necesaria mucha humildad para reconocer que somos unos necesitados, hace falta humildad para darnos cuenta de nuestras carencias, de nuestras debilidades y pecados.

El amor nos dará alas. El amor de Dios nos está presente cuando nos acercamos a él en la oración, cuando sabemos ayunar para compartir nuestros bienes materiales con los más desfavorecidos, cuando abrimos nuestro corazón a las necesidades del prójimo.

Así pues, con mucho amor, humildad y abandono, la Cuaresma nos llevará a la Pascua.

Fray Rafel Barruè, o. Cist., abad del Monasterio de Santa Maria de Poblet
​Artículo publicado en el Full dominical del 9 de marzo de 2025 (n. 3913)