Hace ya un tiempo que el pueblo en el que vivo se quedó sin la tienda de alimentación de toda la vida. Se encontraba de todo y fue una lástima que cerrara. Por suerte y por el bien de todos los vecinos, hace unos meses se ha abierto una nueva tienda de alimentación. Aunque fue y es una noticia que marca la pequeña historia de la población, no es eso lo que quisiera subrayar. Por dentro es como todos los establecimientos del género, pero en la puerta de entrada hay un detalle que indica que se quiere ofrecer algo más. A ambos lados de la puerta hay una silla bajita con la almohada correspondiente de colorines. Ambas sillas son una invitación a algo más que a comprar. Invitan a sentarse, a reponer, a conversar, a estar un rato con las personas que entran y salen que no son sólo compradores de productos de necesidad, sino vecinos y conocidos.
Estas dos cómodas pequeñas sillas me han recordado los atardeceres de los veranos al aire libre en la puerta de mi casa, cuando nos reuníamos con los de las casas de al lado y de enfrente, en largas y divertidas conversaciones. Salía de todo. Nos poníamos al corriente de las habladurías del pueblo. Era diario el tema de los achaques crecientes de los abuelos. El trabajo de la tierra dura y mal pagada lo sacaban los hombres. Los niños no paraban de aquí y no les hacía falta ninguna silla.
Saltando unos años, el pensamiento me ha llevado a mis años a adolescentes de Seminario. Un muy listo y original cura superior se esforzaba por introducirnos en la devoción a la Virgen. Un ejercicio que nos propuso fue inventar unas letanías diferentes dirigidas a Santa María, apartándonos de las clásicas de inspiración bíblica. Por sorpresa del grupo propuso: «Santa María, sillita baja y cómoda!» ¡Esta me chocó y mucho! No recuerdo ninguna de las demás que nos deberíamos inducir. Lo del rosario seguro que fue muy original.
A cuento de las dos sillas de la puerta de la tienda de mi pueblo, la recomendación que debemos hacer es tener siempre a punto alguna señal visible conforme estamos a punto de escuchar, acoger, dialogar, aprender, animar, fortalecer, animar. Seguro que la mirada puesta en cada persona que nos encontramos, activará alguno de estos verbos. Son actitudes que construyen fraternidad. Lo que puede ocurrir es que si una persona se sienta a tu lado en la puerta de casa un momento, podría ser que después sentara contigo en tu sofá un rato largo. Quizás, quién sabe, se encontrará compartiendo mesa. Y, más aún, haciendo juntos el camino de la vida.
Josep Bofarull, pbro.
Artñiculo publicado en el Full dominical del 1 de junio de 2025 (n. 3925)








