Hoy hacemos memoria de nuestro obispo Manuel Borràs y compañeros mártires. Si sólo nos limitamos a realizar una conmemoración anual cuando toca, nos exponemos que el paso del tiempo vaya difuminando su recuerdo y debilitando la fuerza de su muerte martirial, porque no fue una muerte natural sino el resultado de una guerra fratricida y de una persecución religiosa donde el odio, la venganza y la violencia anorrearon la convivencia y sembraron por todos lados la arbitrariedad y la locura de los crímenes y del miedo.
Nuestra Iglesia fue una de las víctimas más significativas. Innumerables personas de todos los niveles eclesiásticos, tanto religiosos como laicos, fueron sacrificadas por su fe. Fueron tres años de terror, sin recursos y con mucha incertidumbre.. En medio de este desaguisado, entre el odio y la calumnia, nuestros mártires derramaron la sangre confesando la fe y esparciendo el perdón. Parecía que la furia del mal quisiera aniquilar la convicción de los creyentes. No fue así. El Espíritu de Dios despertó el atrevido coraje de muchos que, desafiando amenazas y poniendo en riesgo la propia vida, tejieron unas redes clandestinas de comunicación entre personas, familias y sacerdotes. Así emergió viva una «Iglesia doméstica»: comunicación de bienes y sacramentos, una Iglesia del silencio clamoroso con la fuerza genuina y evangélica de las primeras comunidades apostólicas, en la pobreza y con penurias de todo tipo, en la angustia permanente y con el luto de la muerte. En su desnudez se revistieron de Cristo, bautizados con la sangre del Crucificado. Y por eso tenían la esperanza segura de la Vida Nueva en el Resucitado. Son aquellos que iban vestidos de blanco y que uno de los Ancianos del Apocalipsis que estaba en el Trono del Cordero y se pregunta: «¿De dónde vienen estos que van vestidos de blanco? Y responde: estos son los que vienen de la gran tribulación. Han lavado sus vestidos con la sangre del Cordero y les han quedado blancos» (Ap 7,14). ¡Oh maravilla, la sangre roja, a los mártires los viste de blanco!
Éste es el testimonio esperanzado de nuestros mártires. Es el Evangelio sin glosa. No hay otro. Y hoy, ¿qué? No vale con un recuerdo convencional. Ellos nos interpelan y deben ser nuestros referentes. Se atribuye a Tertuliano esa expresión tan acertada: «La sangre de los mártires, semilla de cristianos». Ellos la siembran. Nosotros debemos hacerlo germinar. Ellos lo hicieron en un contexto de persecución y expiando con su muerte los pecados de la Iglesia. Nosotros debemos hacerlo en un contexto de indiferencia religiosa generalizada que quizá sea peor, porque nos puede desmotivar. Encarnar en nosotros su testimonio será el mejor memorial.
Francesc Manresa, pbro.
Artículo publicado en el Full dominical del 12 de octubre de 2025 (n. 3944)








