23 de agosto de 2026

Es un servicio compartido y sinodal, que tiene como misión animar, coordinar e impulsar la cultura vocacional en la Iglesia diocesana, favoreciendo la comprensión de la vida como una vocación.

Acompañar a las personas a encontrar su camino en la vida es una tarea constante; por ello, el Servicio para la Vocación nace como un apoyo para toda la diócesis. Su objetivo es velar para que cualquier propuesta —sea en el ámbito diocesano, arciprestal, de la UPA o de otros servicios concretos— se convierta en una oportunidad para ayudar a preguntarse: «¿Qué quiere Dios de mí?». Se trata de cuidar una «cultura de la vocación» donde hablar del proyecto de vida y de la llamada de Dios sea algo natural en el día a día de todas nuestras comunidades.

El Servicio Pastoral de la Vocación recibe un impulso a partir de las propuestas del Congreso de Vocaciones celebrado en febrero de 2025, bajo el lema sugerente y directo: «¿Para quién soy yo?». Esta pregunta trastoca la lógica del individualismo contemporáneo. La pregunta clave de la vida no es «¿quién soy yo?», sino «¿para quién soy yo?».

El Documento final del Congreso recoge con claridad esta perspectiva: «La pastoral vocacional no es una rama más de la pastoral organizativa, sino el alma que atraviesa toda la acción evangelizadora de la Iglesia diocesana. Una Iglesia que no se pregunta “para quién existe” corre el riesgo de encerrarse en sí misma».

El Bautismo es el acceso a la vida cristiana y la fuente de toda vocación. Al recibir este sacramento, somos incorporados a Cristo y a la Iglesia, y llamados a amar, servir y transformar el mundo desde el Evangelio. Además, la vocación nunca se vive en solitario. Aunque la respuesta es íntima, libre y personal, el discernimiento y la maduración se realizan siempre en el seno de la comunidad. Como el joven Samuel en el templo, necesitamos un Elí que nos ayude a afinar el oído y a decir: «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (1 Sm 3,9).

El Servicio Pastoral de la Vocación, en un trabajo “coral”, favorece que se cuide de dos dimensiones complementarias. Por una parte, la dimensión personal, a partir del acompañamiento espiritual uno a uno, el espacio de silencio, la oración sostenida y la confrontación de la propia historia con el Evangelio. Cada persona necesita tiempo para procesar el diálogo del Espíritu en su vida concreta.

Por otra parte, vela también por la dimensión comunitaria, teniendo en cuenta la Iglesia diocesana como ámbito donde la vocación se pone a prueba y se celebra. El Documento final del Congreso de 2025 insiste en este punto: «La comunidad cristiana es la cuna donde nacen las vocaciones y la escuela donde se alimentan. Una comunidad viva, que ora y sirve a los pobres, es el mejor caldo de cultivo para nuevas respuestas generosas».

Cuidar la vocación es el mayor ejercicio que puede hacer nuestra Iglesia diocesana. Caminemos juntos, oremos sin desfallecer y acompañemos «con corazón de madre» cada respuesta generosa, sabiendo que Aquel que nos llama es fiel (Mc 3,13-14).

Joan Anton Cedó Perelló, pbro.
Vicario episcopal para las personas