Hoy la Iglesia celebra el dogma de fe de la Inmaculada Concepción, que fue proclamado por el papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854 en la bula Ineffabilis Deus. Este dogma nos revela que, por la gracia de Dios, la Virgen María fue preservada del pecado desde el momento de su concepción, es decir, desde el instante en que María empezó la vida humana.
Y, teniendo en cuenta el Evangelio que la liturgia nos propone para esta celebración (Lc 1,26-38), podemos constatar dos palabras: sorpresa y fidelidad.
El mensaje de la Inmaculada Concepción de la Virgen María es que todo es don gratuito de Dios, todo es gracia, Dios le manifiesta su Amor incondicional. Y María se queda perpleja.
María ha sido elegida por ser la Virgen María, ha sido preservada del pecado. Ella es la llena de gracia: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 2,28). Y ella se abandona a Dios respondiendo al ángel: «Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho.» Y aquí comienza la fidelidad de María.
Ella ha dejado hacer a Dios. María es la mujer creyente, receptiva, abierta a las expectativas de Dios, es la pobre, la primera redimida, la discípula ejemplar de Jesús y miembro eminente de la Iglesia. ¡Realmente María es un ejemplo de gratuidad!
El sí de María empezó en el momento de la Anunciación, pero ha sido un sí continuado a lo largo de su vida, aunque no ha sido nada fácil para ella. En medio de las contrariedades, María siguió siempre a su Hijo, se mantuvo fiel. No siempre comprendía sus palabras ni sus actuaciones y decisiones, pero aceptó sus prioridades (Lc, 2,48b-49). Es lo que encontramos en el versículo 51b: «Su madre conservaba todo esto en su corazón.» Otro momento doloroso fue la oscuridad de la cruz. Y ya con los primeros cristianos, rogó y pidió la fuerza y la gracia del Espíritu para su Iglesia.
Nosotros, como Congregación de Hermanas Dominicas de la Enseñanza de la Inmaculada Concepción, la tenemos y la veneramos como nuestra Madre e intercesora, porque fue el día 8 de septiembre de 1954 cuando el beaterio de Pamplona recibió el decreto de Roma por el que pasaba a ser la Congregación de Dominicas de la Enseñanza de la Inmaculada Concepción, de Derecho Diocesano de Pamplona. Desde entonces, María ocupa un sitio privilegiado en nuestras vidas. Ella es el modelo de fidelidad por la entrega incondicional que hizo a Dios. Y ella nos invita a todos y todas a seguir con fidelidad las huellas de Cristo, a leer, profundizar y vivir su mensaje de acercamiento a los pobres, de amor hacia los abandonados por nuestra sociedad, teniendo en cuenta la dignidad, el respecto a cada ser humano, porque es nuestro hermano al que Jesús ha amado al primero.
Cada año, las hermanas y laicos de las comunidades de Catalunya nos reunimos para celebrar esta fiesta participando en la eucaristía, donde hacemos la renovación de nuestra consagración a través de los tres votos de castidad, pobreza y obediencia. Y acabamos, como no podía ser de otra manera, con un almuerzo festivo fraternal.
Hna. Julia Erro Ezcurra, d.e.i.c.
Artículo publicado en el Full dominical del 8 de diciembre de 2024 (n. 3900)








