​Las mujeres se acercan a la tumba, deben ungir al difunto. Una duda: ¿quién nos retirará la piedra? Quieren llegar a tocar a su Señor y la dificultad no es menor. El resultado es inesperado. La tumba está abierta y el Señor no está. Buscan a Jesús, el Nazareno, el crucificado. Se han llevado su cuerpo y no saben dónde lo han puesto.

Se les anuncia que ya no se encuentra entre los fallecidos. Hay una misión: «Id a decir a los hermanos que me encontrarán en Galilea.» Detrás suyo hay una comunidad a la que comunicarlo, han ido ellas porque es el rol femenino. Han sido elegidas para recibir la primera experiencia y el gran anuncio: ¡ha resucitado!

Un entramado de vivencias, sensaciones, recuerdos y sentimientos las invade, el nido perfecto donde incubar la esperanza, la esperanza compartida con los hermanos que le han acompañado. ¡Ha sido sacada la losa de su corazón y tienen el privilegio de compartir esta experiencia llena de entusiasmo y de Vida, tanto, que las toman por tontas!

Buscaban a un difunto y su oscuridad se ha llenado de luz. Todo había terminado y resulta que es el inicio. Se sentían huérfanas pero ahora empieza a crecer la fraternidad donde compartir de forma nueva y sin barreras la experiencia de lo que han vivido. Las palabras del Nazareno toman un nuevo sentido, un pasado que se convierte en futuro. Tienen las claves para empezar a interpretar de forma nueva las palabras, los gestos, las miradas, las sonrisas, los silencios, la misericordia e, incluso, los reproches del Maestro.

Aquel Jesús con quien han convivido comienza a ser el Ungido, Cristo que una vez cumplida toda su misión itinerante, los poderosos han crucificado, ha muerto como hombre y el Padre-Madre Dios le ha dado su Sí definitivo, y reconociéndole como Hijo, le ha resucitado.

Es el Mesías que el pueblo esperaba y por eso ha calentado sus corazones en vida: acogiéndolas en el grupo, llenándolas de expectativa y esperanza, empoderándolas. Ahora, escogiéndolas como primicias del anuncio de la mayor Buena Nueva de la humanidad, el Sí de Dios a la identidad de Hijo, sus corazones se calientan  con una nueva esperanza: la vida tiene sentido y la fe hay que compartirla en comunidad tal como, a partir de ahora, su Señor resucitado les irá reuniendo de aquí y de allá como una gallina a los pollitos.

Ha nacido la comunidad del Señor resucitado donde todos tienen cabida sin distinciones. La esperanza que nace de la fe hermana por igual, cada uno aporta lo que es y que tiene y el Señor Resucitado llama personalmente y acompaña individual y comunitariamente nuestra esperanza.

Rosa M. Sànchez i Cornadó, laica con misión pastoral
Artículo publicado en el Full dominical del 20 de abril de 2025 (n. 3919)