El bienaventurado Bonaventura Gran adorna la historia de la santidad en nuestra archidiócesis. En el mundo se llamaba Miquel Baptista Gran i Peris. Nacido en Riudoms el 24 de noviembre de 1620, hijo de menestrales, la gracia de Dios lo habita desde pequeño. De jovencito sabía encontrar el camino de casa a la parroquia para la oración ante el Sacramento (en el gran templo que hacía pocos años que se había construido)y la llamada del Señor se hizo presente en su corazón. A los veinte años enfila el camino costero hacia sant Miquel de Escornalbou, donde los frailes tenían noviciado. Allí profesó el modo de vida de los discípulos de san Francisco. Fue la mañana luminosa del 14 de julio de 1641. Le pusieron el nombre de Bonaventura de Riudoms. Este estilo de vida lo sedujo y tuvo voluntad de reproducir en su vida la persona de san Francisco de Asís, que compuso el Càntic de les criatures, del que este año es el VIII centenario.
Desde el punto de vista mundano, la vida del Benaurado no fue ilustre. Fue sólo un hermano lego que se ocupaba de los trabajos humildes de la casa donde habitaba. Acogedor de los pobres, amigo de los niños, siempre gozoso de servir a los hermanos. Resiguió los caminos reales del Principado para cumplir las obediencias que le eran impuestas, en Mora d’Ebre, en la Bisbal d’Empordà, en Terrassa, donde en tiempo de peste se entrega heroicamente a atender a los enfermos y moribundos. Por todas partes manifestó la bondad de su corazón y su intensísimo amor a Jesucristo. Le placían los lugares solitarios, como san Francisco, para entregarse a la contemplación. Vivió diecisiete años en la provincia franciscana de Catalunya.
En la primavera de 1658, desde el puerto de Barcelona, se va a Italia para peregrinar a Asís, y al santuario de Loreto. Ya nunca volverá a Catalunya. En Roma, con muchas vicisitudes, emprende una reforma de la orden (le llamaba la Riformella). Se va a vivir, con un grupo de hermanos, a un ermitado solitario sin nada ya cambio de nada. Vivirán según la regla de san Francisco. Era una eremitorio en medio de los bosques, en Ponticelli (Rieti). Muchos le imitaron. Después fundó, en las afueras de Roma, en el Palatino, en medio de los escombros. No le faltaron incomprensiones y persecuciones. Por amor a la pobreza renunció al sacerdocio. Sin embargo ejerció el sacerdocio de la caridad. Atender a los pobres de la ciudad y enseñar el catecismo era el mayor gozo de su vida. No pasa desapercibido, y tanto los Papas, sobre todo el papa Alejandro VII, como el pueblo, se dieron cuenta de que era un hombre de Dios, un santo.
Rodeado de sus hermanos, habiendo pedido perdón a la comunidad, entrega su alma a Dios el día 11 de septiembre de 1684. Los hermanos nunca lo olvidaron, tampoco lo olvidaron sus vecinos de Riudoms, que a nuestro tiempo, con una gesta admirable, fueron a buscar sus restos que ahora se veneran bajo el altar del Sacramento de la singular iglesia parroquial de Riudoms. Desde el año 1972 que están ahí. Allí se convierte en un vecino más. Y los cristianos de allí le aman y hacen fiesta. Tanto san Francisco, como el bienaventurado Bonaventura de Riudoms nos dicen: «Volved a lo esencial.» Y lo esencial es Cristo. El camino de la Iglesia se inicia en Cristo y va hacia Cristo. Y con Él, nunca sin Él, debemos andar juntos. La sinodalidad es ideología si no caminamos juntos y con Cristo, Señor. El mundo ha cambiado ciertamente desde el tiempo del Beato, pero no cambia ni la fe, ni la esperanza ni la caridad. El amor con el que el Beato de Riudoms amó a Jesús es el mismo amor con el que nosotros queremos amarle. Oh beato Bonaventura, humilde discípulo de Cristo, ruega por toda la archidiócesis.
Rafael Serra Abellà, pbro.
Artículo publicado en el Full dominical del 23 de noviembre de 2025 (n. 3950)








