Una película, Dios es mujer y se llama Petrunya, de Teona Strugar Mitevska, recoge el drama de un pequeño pueblo de Macedonia, que nos hace dar cuenta de una realidad nuestra social bastante olvidada e insuficientemente reconocida y agradecida.
Cada enero, coincidiendo con el día de la Epifanía, el ‘pope’ local arroja una cruz a las aguas heladas del río. Los hombres, bien machos, se echan para conseguirla: será la señal divina de una buena suerte y prosperidad durante todo el año.
Esta vez, oh sorpresa, se echa una mujer, cosa nunca vista y prohibida, ella tan femenina y tan débil… Pero consigue, primero que nadie, lo que todos ellos también ansiaban. Petrunya sale del agua con la sagrada cruz y se la hará suya contra el parecer de la autoridad eclesiástica, la rabieta de los hombres y el asombro de todo el pueblo. En medio de esa tormenta de incomprensión ella no cederá la cruz.
Damos cuenta de que nuestras mujeres se han lanzado al mundo sanitario y residencial, especialmente en los sectores de contacto directo con los sufrientes enfermos, los ancianos acogidos, las guardias interminables. Ellas son mayoría atendiendo a cruces físicas, mentales, cuerpos debilitados, enfermedades crónicas o terminales. Son escasas en los lugares de decisión, pero hacen notar su mayoría en los sitios de atención personal.
En el mundo educativo, sobre todo el primario y secundario, infancia y adolescencia, las mujeres están en mayoría. El momento pide más vocación, mayor generosidad, más fortaleza moral que nunca, por culpa de una sociedad permisiva y de unas familias inestables. Ellas, las mujeres, están soportando con coraje un cierto desbarajuste legislativo y un bajo sostenimiento social de su labor fundamental para el futuro.
El vasto y variado mundo de las instituciones asistenciales, caritativas, culturales, recreativas de pueblos y ciudades va adelante, sin embargo, porque las mujeres están en mayoría: cifra que va en aumento cada año. En todas nuestras parroquias constatamos, desde siempre, que las mujeres son mayoría en la celebración dominical y en los servicios parroquiales (catequesis, Cáritas, consejo pastoral, grupos de oración y reflexión, etc.)
A cada una de nuestras familias, ellas, madres y abuelas, nos cuidan, aguantan fuerte, nos sobreviven. Ésta no es una fatalidad natural ni un producto social interesado, sino un don de Dios con el sentido profundo, un signo de los tiempos.
Todos nosotros, hombres y mujeres, debemos reconocer y agradecer que ellas se hayan lanzado a la realidad social con la cruz del Señor en las manos y en el corazón. La suya es una demostración de que les corresponde un papel más decisorio, más directivo, más determinante en la marcha de la historia de la Iglesia, de las administraciones políticas y económicas, en los sindicatos y las empresas. ¡Todo iría mejor!
Josep Bofarull, pbro.
Artículo publicado en el Full dominical del 1 de enero de 2023 (n. 3799)








