Del 9 al 16 de febrero de 2007 tuve la suerte de realizar el viaje más impactante de mi vida al desierto del Sáhara de Argelia. En concreto, en dos de los lugares donde vivió y murió san Carlos de Foucauld: en la montaña del Assekrem y en Tamanrasset. Fue una experiencia única, ya grabada para siempre en mi memoria espiritual. Las imágenes insólitas e inolvidables son el cielo estrellado de las noches con un brillo aplastante, el cielo siempre azul transparente y las salidas y puestas de sol limpias y rojizas. En el marco incomparable de la montaña del Assekrem, en la puerta de la capilla, el P. Ventura Puigdomènech nos comunicó un mensaje inborrable, en una larga y pacificadora conversación que giró en torno a las cosas esenciales que él sintetizó en Dios, naturaleza y amistad, con una vida austera.

Como un regalo inesperado, hace unas semanas he podido escuchar y dialogar con este hermanito de Jesús, nacido en Hostalets de Balanyà, que lleva más de 30 años en medio de las tribus nómadas de los tuaregs del desierto. Con una mirada clara y con un gesto sereno y pausado, fue desgranando el sentido de su vida: presencia y amistad. Lo había escuchado aquella tarde, hace catorce años, y ahora lo reiteraba.

Presencia quería decir estar siempre, con fidelidad y perseverancia, con el testimonio silencioso de las obras, con la claridad de una fe cristiana no disimulada y nunca prepotente, desterrando todo tipo de proselitismo en los hechos, las palabras o el pensamiento, siempre con respeto y tolerancia absolutas.

Amistad quería decir la relación con todo el mundo con la acogida humilde y servicial, la participación en la convivencia, la fiesta y el duelo, en la proximidad de la ayuda mutua a cada persona por sí misma, dejando al margen los prejuicios, las confesiones religiosas y las falsas superioridades. Nos comunicaba una parte esencial de la espiritualidad del P. Foucauld, vivida por él en los lugares donde fue gestada.

Todos vamos conduciendo la propia historia como podemos. Con mayor o menor acierto, sentido, realización personal. Siempre bajo el amparo de la misericordia y la ternura de Dios Padre.

Quizás el tiempo de verano te ofrezca la oportunidad de sentarte con el Señor al lado, de mirar el cielo quizás algo enturbiado por la polución, de ir siguiendo la salida y la puesta de sol entre nieblas persistentes, de levantar la mirada a la estelada contaminada por el maltrato de la madre tierra. Es necesario que pidas a Jesús, Hermano universal, que te limpie el corazón y la mirada para dar el paso decidido y sin mirar atrás, para situarte en lo esencial que hace feliz y libre, para ser presencia y amistad, fidelidad y relación con todo el mundo, con una infinita confianza en Dios, que es tu Padre.

Josep Bofarull, pbro.
Artículo publicado en el Full dominical del 7 de julio de 2024 (n. 3878)