No hace falta pensar demasiado para constatar que vivimos en un mundo desesperanzado; podríamos hacer fácilmente toda una lista enorme de hechos y realidades que lo ponen de manifiesto, y de los que se hacen eco todo tipo de medios de comunicación. No es de extrañar, pues, que la Iglesia, siempre cercana al mundo, proponga la virtud de la esperanza como eje vertebrador de este Año Jubilar.

Contemplado desde el tiempo de Cuaresma, este mundo desesperanzado debería urgirnos a la puesta en práctica de las tres actitudes fundamentales que la liturgia cuaresmal nos pide: de cara a Dios: la oración, tanto la comunitaria como la individual; de cara a uno mismo: el ayuno, entendido como austeridad y superación de todo tipo de adicciones. De cara al prójimo: la limosna, entendida como entrega de uno mismo, de todo lo que uno es y de todo lo que tiene.

Visto desde la perspectiva de un presbítero que valora y ama el ministerio presbiteral, este mundo desesperanzado debería espolearnos a favorecer y potenciar todo aquello que ayude a reconocer las inmensas inyecciones de esperanza que el presbiterado, encarnado en una multitud de presbíteros ejemplares de todos los tiempos, debe misionero… Una muestra fehaciente de ello la tenemos en las innumerables biografías de presbíteros santos. Pensemos, al menos, en la de Pedro Miguel Lamet, de máxima actualidad, de fácil lectura y estimulante.

También sería necesario que el ministerio de la reconciliación llevado a cabo por los presbíteros se convirtiera en un signo de esperanza. Me refiero, obviamente y en primer lugar, al sacramento del perdón, que debería acercarse y hacer más asequible a la comunidad para que los penitentes pudieran disfrutar del abrazo amoroso de Dios Padre al hijo pródigo. Sin embargo, este ministerio de reconciliación, llevado a cabo por el presbítero, debería manifestarse habitualmente en un talante reconciliador ofrecido a todo el mundo y en cualquier circunstancia, y que ayudara a compensar el talante agresivo y condenatorio, desgraciadamente habitual en los ambientes que nos rodean.

También deberían infundirnos esperanza los esfuerzos que se vienen haciendo estos últimos años, y sobre todo en el terreno sinodal, para reconducir el período de formación de los aspirantes al ministerio presbiteral y remodelar las actuales condiciones canónicas de acceso a la ordenación.

Siempre que la cosecha es abundante y que los segadores son pocos, podemos terminar este sencillo artículo con una oración vocacional: «Oh Dios, que habéis manifestado a los santos el profundo sentido de toda vocación, y en especial de la vocación presbiteral; suscite, por su intercesión, decididos apóstoles de las vocaciones y generosas respuestas a sus llamadas.»

Mn. Isidre Foguet Magriñà
Artículo publicado en el Full dominical del 16 de marzo de 2025 (n. 3914)