Hace unos días me preguntaban cómo se vive la esperanza desde la vocación consagrada. La respuesta es fácil, porque el propio papa Francisco la da al inicio de la bula Spes non confundit ‘La esperanza no defrauda’, en la que convoca el Jubileo 2025: «Bajo el signo de la esperanza el apóstol Pablo infundía aliento a la comunidad cristiana de Roma.» Los hombres y mujeres consagrados estamos llamados a aliento para la comunidad de creyentes y también para los no creyentes.

«Todos esperan. En el corazón de toda persona anida la esperanza como deseo y expectativa del bien, incluso ignorando lo que traerá el mañana. Sin embargo, la imprevisibilidad del futuro hace surgir sentimientos a menudo contrapuestos: de la confianza al temor, de la serenidad al desánimo, de la certeza a la duda.» ¡Y aquí estamos los consagrados, dando aliento y esperanza! Nuestra consagración nos impulsa a vivir una relación de intimidad con el Señor, que nos permite vivir firmes en la fe, arraigados en el Señor Jesús, lo que comporta la esperanza, la confianza, la paciencia.

Me gusta utilizar las imágenes para expresarme y podríamos decir que los consagrados somos un faro en plena noche. No somos la Luz pero sí que somos una pequeña luz que indica el puerto seguro, Cristo resucitado. Somos la silenciosa luz del faro que rompe la noche mostrando dónde está el Amor verdadero y la Esperanza cierta. El faro señala la ruta a seguir y libremente el navegante opta por seguirla o no. «La esperanza efectivamente nace del amor y se fundamenta en el amor que brota del Corazón de Jesús traspasado a la cruz. [… ] La esperanza cristiana no engaña ni defrauda, ​​porque está fundamentada en la certeza de que nada ni nadie podrá separarnos nunca del amor divino.»

En ciertas ocasiones la luz del faro puede incomodar, porque su ritmo de centelleos también se cuela por las ventanas de las casas que habitan en la costa. Incomodar, señalar lo que no funciona, lo injusto en la sociedad es también misión de los consagrados. Sacar a la luz «tantos hermanos que viven en condiciones de penuria, jóvenes que ven con frecuencia como sus sueños se derrumban, migrantes que abandonan su tierra en busca de un mundo mejor, ancianos que se sienten solos y abandonados, pobres a los que falta lo necesario para vivir…».

Los consagrados, este Año Jubilar de forma más especial, estamos llamados a que nuestra esperanza sea contagiosa, que nuestra vida pueda decir a todos: «Espera en el Señor y sé fuerte; ten valor y espera en el Señor» (Sal 27,14).

Feliz Año Jubilar a todos!

Ana Edo, Hermana de Nuestra Señora de la Consolación
​Artículo publicado en el Full dominical del 2 de febrero de 2025 (n. 3908)