Reus, 25 de setembre de 2026

Sr. Arquebisbe; sacerdots concelebrants; Sra. Alcaldessa i distingides Autoritats;

Estimats germans i germanes tots en el Senyor:

M’alegra acompanyar en aquest dia una ciutat agraïda que, com cada 25 de setembre, des de l’any 1592 ve puntualment a l’altar d’aquest assenyalat lloc marià de l’arxidiòcesi Tarraconense. En cadascun dels presents es manifesta el desig de tornar a expressar a la Mare de Déu l’amor, la gratitud i el reconeixement per tot allò que ha revertit en benedicció per a Reus, amb la seva presència i intercessió maternal. Adreço una salutació deferent a les Excel·lentíssimes Autoritats que s’uneixen a aquesta celebració tan important per a Reus portant a la Mare de Déu els seus desitjos de bé per als seus habitants.

Mi presencia hoy en medio de todos vosotros quiere ser signo de la presencia del Santo Padre, que, junto con todos los habitantes de Reus, reza, agradece, celebra, canta y atestigua el gran amor con el que la Madre de Dios acompaña siempre a sus hijos e hijas. Conocemos el amor entrañable y la devoción profunda que León XIV profesa a la Santísima Virgen, en particular, como patrona de la Familia Agustiniana con el título de Madre de la Consolación, una advocación muy cercana a la Misericordia con la que aquí invocáis a la misma Madre de Dios y nuestra. «Consolación» —dice el Papa— «significa ‘nunca solos’.» Y dice de su experiencia: «Durante toda mi vida María me ha acompañado con su presencia materna, con su sabiduría y el ejemplo de su amor por el Hijo, que es siempre el centro de mi fe”» (7/09/2026). Como representante suyo en España, un saludo a todos muy afectuoso y la Bendición Apostólica de Su Santidad a los aquí presentes y a cuantos siguen la celebración eucarística por los medios de comunicación.

Mirando la sagrada imagen de Nuestra Señora con su manto protector extendido, me vienen al recuerdo aquellas palabras que, en Guadalupe (México), dijo la Virgen a San Juan Diego y ahora nos repite a todos: «¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre?» Comprendo pues muy bien, por qué estáis aquí. Su divino Hijo Jesucristo ha mostrado y muestra su misericordia para con vosotros a través del bálsamo del consuelo de esta Madre solícita, siempre atenta y cuidadosa del verdadero bien de cada uno de nosotros, de nuestras familias y comunidades, acogidos bajo su amparo y protección. Su intercesión desde aquellas memorables bodas de Caná es una súplica confiada y constante que Ella pone ante el Corazón de su Hijo Jesucristo.

La devoción con que Reus viene honrando desde siglos a la Santísima Virgen se manifiesta también con la generosa ofrenda de la «Candela de la Madona Senyora nostra», la Santa Madre Dios. Hoy, por lo tanto, es un gran día de gratitud a la Virgen por la devoción que le tenemos, por el estímulo y la gracia que su devoción reporta a nuestra vida. Pero también es un día para recordar juntos que la devoción a la Virgen no se queda en un afecto sensible y emotivo, debe ir acompañada siempre de autenticidad. Nos ponemos todos bajo el abrigo de la Madre de Dios de la Misericordia, no solo para que siga cubriéndonos con su manto librándonos de las acuciantes necesidades y peligros de esta vida, sino también para librarnos de los males que acechan la vida de Jesús en nosotros.

La vida cristiana queda reflejada en el Evangelio proclamado bajo el aspecto de unos desposorios en los que se recuerda la alianza de Dios en intercambio de amor con la humanidad, y en los que colabora con su cooperación Aquella que, ofreciendo su sí, hace presente entre nosotros a Dios hecho hombre, y mueve al mismo tiempo en favor nuestro el Corazón misericordioso del Hijo diciendo: «No tienen vino», el vino de la alegría del Espíritu Santo. Presenta la Virgen Madre y Esposa la necesidad a la misericordia del Hijo, y el Hijo, declarándola Mujer, lo mismo que hará desde la cruz, remedia la necesidad de los discípulos que la toman como madre propia, como descendencia que son de la nueva Eva asociada al nuevo Adán los creyentes en Cristo. Los términos de la alianza de Dios en intercambio de amor con la humanidad —«Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo» (Jr 7,23)— los vemos como engastados en las palabras de Isaías: «Ya no te llamarán Abandonada, ni a tu tierra Devastada; a ti te llamarán Mi predilecta, y a tu tierra Desposada, porque el Señor te prefiere a ti, y tu tierra tendrá un esposo […]. Como se regocija el marido con su esposa, se regocija tu Dios contigo.» La Carta a los Hebreos, la segunda lectura, testifica que, en la primitiva comunidad cristiana, el misterio de la Encarnación, vida, pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor —que son, por cierto, materia de constante meditación en los misterios del santo rosario con la mirada del Corazón de María— erradican de la mente y del corazón «el miedo a la muerte por el que los hombres pasaban la vida entera como esclavos». Sí. El miedo. El miedo hace esclavos, creando la cultura de la muerte, como dijo San Juan Pablo II. La luz de Cristo disipa las tinieblas, ahuyenta el miedo, el horror de un mal inexorable que atenaza. Y nos da valentía frente a todos los desafíos presentes ante nosotros unidos con María. En su canto de alabanza, en el Magníficat, reconocemos que Dios misericordioso, «ha mirado la humildad de su esclava» (Lc 1,48) para dar cumplimiento a sus promesas, desbaratando los planes de la muerte.

 

El evangelio recién proclamado nos hace mirar también al matrimonio y a la familia, fundamento de la sociedad humana. Les une los gozos y los pesares, sobre todo le une fortaleciendo su unión la fe, simbolizada en la Candela de nuestra Señora, esto es, la luz de la fe de nuestro bautismo que Ella pidió y pide como un dulce recordatorio simbolizado en el cirio que a veces portamos, diciéndonos a cada uno de nosotros: «Haced lo que Él os diga.» Como vuestras generaciones pasadas, la luz de esta candela, la fe, es también tarea vuestra ofrecerla, cuidarla y trasmitirla fielmente a las generaciones futuras como la mejor riqueza que, a pesar de la humana fragilidad, consigue la concordia, busca con eficacia la paz, toca el corazón y abre las manos en generosidad haciendo vida esta nuestra Eucaristía.

L’amor a la Mare de Déu enforteix el nostre cor sacsejat avui per les il·lusions d’un món aliè a Déu. Però Déu roman per sempre. Posem aleshores avui davant la Mare de Déu de la Misericòrdia, que dissipa la por amb la Llum del Verb que va encarnar, les necessitats de tots els fills de Reus, de les seves famílies, dels malalts, dels pobres i els necessitats d’ajuda, dels qui no creuen o han perdut la fe, de tots els que necessitem fer més viva la nostra confiança i que Ella sigui la intercessora de tots nosaltres davant del seu Fill. A una mare, i especialment a la nostra Mare misericordiosa, no és indiferent absolutament cap dels seus fills.

Oh Mare amantíssima, que brilles en el nostre camí com a signe de salvació i d’esperança. Gira envers nosaltres els teus ulls misericordiosos i prega el teu Fill per nosaltres, «oh clementíssima, oh pietosa, oh dolça sempre Verge Maria!» Que així sigui.

Mons. Piero Pioppo, nunci a